La máquina de picar carne

Diego Lacave

@DiegoLacave

 


Me encanta Silverstone. Es una de las cunas del deporte del motor y tiene un nombre que coincide, traducido, con el linaje de mi familia paterna (Peñaplata). Doningtong Park me produce una nostalgia especial porque lo conocí en SBK; pero reconozco que Silverstone tiene el caché de los grandes templos del mundo, con sus mil rectas, como mil caras, por todas partes. Por eso, tras el monumental fiasco del pasado año, este año no merecían felicitación alguna: simplemente, hicieron lo que tenían que hacer. Y yo vengo esta semana a reflexionar sobre lo que hizo Marc Márquez a lo largo del Gran Premio de Gran Bretaña como el campeón, la referencia que es, en MotoGP: lo que tenía que hacer. Menos una cosa.

Cuando la bandera de cuadros nos dejó aquel momento para la historia escribí en Twitter, muy breve: “Ahora sí que va a escocer”. El debate de si le dolía, a Marc, la derrota ante Dovi en Austria me parecía absurdo, por innecesario: por supuesto que duele. Y por eso, en la siguiente carrera, que te ganen así después de haberte echado a la espalda las veinte vueltas llevando en volandas a tu rival, defendiéndote de él como un jabato, escuece más; por mucha ventaja que hayas ganado en la general provisional gracias al accidente de tu rival directo (esto es un eufemismo) por el título. Marc hizo lo que tenía que hacer en carrera; y al perderla sobre la línea de meta hizo lo que tenía que hacer en el corralito: felicitar al ganador y reconocer que esta derrota le había dolido especialmente. Más que en Spielberg.

No sería el campeón que es si pensara de otra manera, ni se llamaría Marc Márquez sino fuera honesto con sus sentimientos cuando están a flor de piel. Marc no tiene techo conocido, ni en cuanto a talento ni en lo que se refiere a ambición. Quiere ganarlo todo ganando siempre; y por eso los que le vencen alguna vez lo viven como la gesta que es. Con todo el cariño del mundo (y admiración hacia su persona) la humildad de Rins en caliente, confesando detalles de la carrera y ensalzando que ya ha ganado a dos leyendas como Rossi (Austin) y Márquez (Silverstone) es encantadora, la humildad, digo; pero desde luego no forma parte del ADN de ningún súper campeón que haya sido eso, una leyenda, de lo suyo. Por eso también, porque sabemos que el bueno de Álex difícilmente ganará un título de MotoGP (y no por falta de talento, ojo) queremos tanto, tantos, que lo ganara alguna vez. Y por la salud del espectáculo celebramos como locos su triunfo de últimas milésimas.

Las leyendas del mundo de la alta competición (que erróneamente llaman algunos, deporte) tienen un gen caníbal, una característica incompatible con la vida normal de cualquier persona corriente: ser máquinas de picar carne humana. Su obsesión por la victoria les lleva a que no sea suficiente vencer de buena lid al rival, sino machacarlo hasta el infinito y más allá. Marc Márquez empezó su fulgurante carrera de ganador con aquel título de octavo de litro y gestas como la de Estoril, pero poco a poco, en Moto2, empezó a echar los colmillos de lobo. Después, hubo un año de terminar de aprender de qué va esto (2015) y su corazón se convirtió, ya para siempre, en una piedra: una metamorfosis necesaria entre todos los genios que en el mundo han sido.

La exquisita buena educación y la inteligencia de Marc Márquez maquillan este carácter imprescindible en un piloto; pero como ya dijo una vez su madre cuando se pone el casco es  otra persona. Esa dualidad de demonio en pista y angelito fuera de ella le escondía esos colmillos, para el gran público, hasta hace bien poco tiempo. Pero ya el año pasado con Dani Pedrosa y este último Gran Premio (mandando recados a Jorge Lorenzo) esa máquina de picar carne humana que lleva dentro está ganando caballos de potencia en su cabeza. En plena operación de derribo de Pedrosa le preguntaron por qué estaba la otra Honda tan detrás y, pudiendo sacar la cara por el que ya era entonces más maestro que rival, soltó aquello de la motivación para ir a tope y todo lo demás. Una respuesta sincera, ojo; pero a la vez una daga directa al cuello del interfecto. Y el jueves pasado, con un Lorenzo a punto de haberse quedado en silla de ruedas se apuntó a la fiesta a la que le invitaron sin pestañear.

Ni una sola queja al trabajo (o como lo juzguen los consumidores) de la prensa: nada de matar al mensajero. Preguntan lo que quieren o lo que les piden o lo que saben que va a gustar al entrevistado; pero eso es lo de menos: la respuesta es lo importante. Y en este pasado Gran Premio de Gran Bretaña en el que Marc Márquez ha hecho todo lo que tenía que hacer, sobre todo en pista (qué pole y qué carrera en un escenario poco favorable) yo creo que se equivocó, fuera de ella, hablando así de un rival en problemas que de paso es tu compañero de equipo. Aunque tuviera razón (estoy de acuerdo en casi todo) e incluso motivos (Lorenzo-rival serio siempre- máquina de picar carne en marcha). Y arderá Twitter preguntándome ¿Por qué? Pues porque Marc tenía (aún tiene para muchos aficionados) una pátina de campeón humilde, cercano, empático; que le diferenciaba de resto de caníbales de la manada de la alta competición. Es un arma muy útil en el mundo súper expuesto que vivimos. Y la está perdiendo.


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2 thoughts on “La máquina de picar carne

  1. Un apunte: si a Marc le has dedicado un artículo por sus recados a Jorge, entonces a Dovi le deberás dedicar varios capítulos, porque lo del italiano con Jorge no es normal.
    El de Forli no será una picadora de carne, pero lleva un dualismo bastante peculiar fuera de pista.

    Lo de Rins, es cierto que talento no le falta. Y medios para luchar tampoco. Esa Suzi pecará de aceleración pero tiene un paso por curva de lo mejor. En manos de un picadora de carne sería de temer. Soñar no cuesta nada.

    Saludos

  2. Leer esta pseudo estupidez, y después mirar en tu página del facebook la información sobre tus atletas favoritos, lo explica todo.

    Y si esto son recaditos, el de Tavulia te da para una novela.

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