Gas y Cabeza, y Cabeza, y Cabeza

Diego Lacave

@DiegoLacave

 


Hace años que ya no pido disculpas por repetirme tanto. Hace tiempo que no sé enfrentarme, sin hacerlo, a un micrófono abierto, a una página en blanco. Se habla demasiado, se escribe demasiado. Como contaba un personaje legendario en una fábula de aventuras: “aquí las cosas son siempre lo que son, pero las personas no siempre son lo que deberían ser”. Cuando atisbo un rebaño de perdedores me apunto el primero de la lista. Por eso vengo este martes post GP a la recta de atrás a repetir mi mantra de aquellos tiempos del papel, de las revistas: Gas&Cabeza. Tiene diez años ya; “cabeza y gas” fusilaron, después, en la tempranera biografía de Marc. Por eso, digo; y por el GP de Austria, toca pasearlo, de nuevo.

La culpa también es de Lucio López. Su entrada del pasado lunes “El auténtico gen de los mejores” es la responsable de mi “parto” de este martes. Porque Lucio, siendo lúcido, ha descrito con precisión cirujana cómo la diferencia de los pilotos que marcan la ídem, reside en la capacidad que tienen de seguir aprendiendo. Que Marc Márquez ya no sale a ganar o a ganar, que Ducati le ha enseñado a Jorge Lorenzo a aprender o que Valentino Rossi ha demostrado a lo largo de los años (desde 2000 en la Clase Reina) que tiene una excepcional capacidad de modificarse a sí mismo. Para terminar con este párrafo de peloteo al director de MotorLuNews y a la sazón mi cliente, le diré a Lucio que repita estas frases, sobre todo la de Jorge, la más brillante, como su victoria del pasado domingo, cuantas veces quiera. De eso se vive.


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Yo, por mi parte, malvivo de mi saludo secular: Gas&Cabeza. Y resumo (o mejor: apostillo) el análisis de Lucio remarcando que, la razón por la que el GP de Austria es la mejor carrera de lo que va de 2018, reside en el hecho de ser la más portentosa combinación de dar gas con cabeza, y cabeza, y cabeza; por parte de tres portentosos pilotos: Lorenzo, Márquez y Rossi. Que en el cerebro está todo, parroquia; a ver si nos enteramos de una vez por todas. Que es un “músculo” que puede entrenarse, que sí. Que hay profesionales que pueden ayudarte, que también. Y otra gente, ya te digo, fastidiarte. Pero que al final, la cabeza es la de cada uno, desde que nace; funcionando en tiempo y forma a los retos que cada día nos depara la vida. Tenemos una, no hay otra de repuesto. Y dentro de ella, está la clave de todo. Punto. Y seguido: hablemos de pilotos.

Jorge Lorenzo, que como cualquier ganador que se precie, también ha conjugado, a su pesar, el verbo perder, no quiere otro estado de ánimo del que ya se ha consolidado dentro de su cabeza; y que ha desembocado en las tres victorias que ha certificado (por ahora) esta temporada. En toda su corta historia con Ducati, su cabeza fue la que le llevó al bloqueo, primero; al valor desde la humildad de buscarse la vida en HRC, después; y al despertar de todo su talento atesorado, al final; desde el primer minuto del alivio de una presión que atenazaba… eso: su cabeza. Me hablarán de ingenieros, de settings y hasta de la pieza de plástico en el depósito. Y me parecerá bien: todo ayuda. Pero solamente una cosa es determinante cuando vas a dar gas para ganar; y es tu cabeza.

Marc Márquez llegó a MotoGP como una gran esperanza: era el sucesor natural de Valentino, al que ya llevaban retirando, algunos, desde hacía años. Pero, a la vez, era demasiado arriesgado, demasiado agresivo. El “Ciclón Márquez” de 2013 vendía, desde luego; pero, como en Mugello bajándose de su Honda a trescientos, también acojonaba. Después, en 2014, cuando se le ocurrió que podría correr en Moto2 y MotoGP a la vez, hasta cabreaba. Y en Malasia, en 2015, hizo las tres cosas. Los grandes siempre llegaron a MotoGP a aprender para después ganar; mientras que Marc llegó y ganó. Y lo hizo dos años seguidos. Por eso le quedaba la tarea pendiente de aprender. Y su cabeza lo hizo; y en lo más profundo de su oscuro corazón (perdón, en su cabeza) está grabado a fuego lo que ahora él sabe sin complejos: que las victorias son geniales, pero solamente los títulos, son trascendentales.

Valentino Rossi ya ha ganado 46 veces; y gracias a su cabeza, también este año. Sería imposible cuantificar lo que se ha escrito, opinado, sobre el momento actual de Valentino en MotoGP. Siempre recomiendo poner el foco en lo que dicen sus rivales. Ellos saben que puede volver a estar muy fuerte con su maltrecha M1  (que aún va segundo, oigan) en cualquier momento. Su fortaleza mental le sirve para estudiar bien el escenario y tomar las mejores decisiones en los momentos oportunos. Otra cosa es que los pasos sean los correctos, tanto los de Rossi como los de Yamaha. Vuelvo a 2015. Recuerdo lo curioso del casco de Misano con la imagen de un pez mirando de frente, cuando, como todo el mundo sabe, a los peces se les pinta siempre de perfil. La explicación es clara: Rossi se enfrenta de cara al reto de volver a estar en lo más alto. Ya sabe lo que es fracasar. Desde poner un muro en el box hasta fichar por el sueño más italiano que en el mundo ha habido. De propina para su currículo, incluso cagarla él solito en una sala de prensa. Sabe qué se siente cuando te ganan con la misma moto, y sabe también qué pasa cuando tu fábrica no te hace caso. Al fin y al cabo, lo que más le duele al árbol, de los hachazos, es que el hacha tenga el mango de palo. Pero no se rinde, lo vimos (cualquier buen aficionado, con emoción) en Austria. Solamente la cabeza te puede llevar a correr así esa carrera, con ese ambiente en tu equipo, cuando tienes esa edad en el DNI y esa fortuna en la cuenta corriente. Sólo tu cabeza puede llevarte a elegir dar gas en vez de dar… por donde amargan los pepinos.

Gas&Cabeza, parroquia. Y cabeza, y cabeza, y cabeza. La que necesitan poner en marcha, algunos. En la casilla del “debe” Lucio López, en su epílogo del artículo del lunes, hablaba de Andrea Dovizioso; pero yo quiero terminar de demostrar mi tesis con dos ejemplos mucho más incómodos de abordar: Dani Pedrosa y Maverick Viñales.

La fortaleza psicológica del pequeño samurái de Honda ha sido la característica proverbial de este piloto a lo largo de su carrera deportiva… hasta ahora. Esa fortaleza que le llevó a correr con guantes adaptados para sus manos lesionadas en Austin tras el palo de Termas, pongo por caso. No me creo que Dani Pedrosa hubiera decidido retirarse ya entonces, como nos quisieron vender; y corriera así un GP. Esa misma fortaleza, insisto, empezó a resquebrajarse cuando no entendía que no le entendieran su mensaje tras el lance de Jerez. Pero ojo: esa misma cabeza la empiezo a ver despertar poco a poco. Esa cabeza le recuerda a Dani que es un piloto de la Clase Reina de MotoGP y le puede llevar a subirse el año que viene en una KTM… y ya veremos para qué.

Por su parte, el de Rosas no tiene un problema tan grave con su moto. No tiene ningún conflicto irresoluble con nadie de su equipo. Ni siquiera carece (al revés, rebosa) de talento. Maverick Viñales tiene un problema con su cabeza. Ni sabe, porque nunca le enseñaron, ni quiere aprender, porque es incapaz (aún, todo se andará) de exigírselo a él mismo, de qué va eso de dar gas con cabeza. Que no se trata de caerse poco; que a lo mejor hasta debería caerse más, buscando límites en entrenos. Cabeza quiere decir fuerza mental para no convertir un contratiempo en un problema, un par de problemas en un drama, y una situación dramática en un pozo del que ya no podrás salir. Ojo: cabeza tiene, para arreglarlo. Y termino con otro dólar de los míos: lo hará, no sé cómo, ni cuándo, pero lo conseguirá. Como lo hizo Jorge, como lo está haciendo Valentino, como ha tenido que hacerlo Marc. Gas&Cabeza. Me repetiré siempre. Porque no hay más.


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1 thought on “Gas y Cabeza, y Cabeza, y Cabeza”

  1. Un placer leer artículos sensatos y profesionales donde no rige ni el partidismo ni el peloteo.
    Gracias, ráfagas.

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